viernes, 27 de abril de 2007

DE LA POSTA DEL CHUY A LA CHARQUEADA, PASANDO POR RÍO BRANCO

El octavo día de nuestras vacaciones, lo empezamos como reyes en la "suite presidencial" del Hotel Crown. Después del desayuno, aproveché para visitar a un cliente del Programa Wagyu (después de tantas y tantas llamadas a Magdalena de parte de su socia, tenía derecho a hacer mis negocios, no?). A la vuelta, cargamos el equipaje en el Celta y salimos rumbo a la Posta del Chuy.
Todo lo que se pueda decir del lugar, es poco. Una belleza por donde se lo mire, empezando por el camino empedrado que desemboca en el puente. Según ciertas versiones, parece que los vascos Etcheverry eran medio ligeros de más para los negocios. Pero eran unos canteros y constructores de primerísima categoría, con un buen gusto admirable. ¡Cuántos arquitectos actuales deberían aprender de aquellos vascos!
También tendrían que aprender otras intendencias y demás autoridades públicas, sobre como mantener un monumento histórico. Buena cosa sería que en Colonia, restauraran como se debe la Estancia Narbona (con tanta historia como esta posta), o que en Rivera al menos rescataran lo que queda del la Central de Cuñapirú de las garras del bandidaje (que, me atrevo a pensar, ni siquiera es local).
¿Qué más decir de la Posta? Las fotos "ut supra" (como le gusta decir a un colega mío que trabaja en el MGAP y la Facultad de Ciencias Agrarias), hablan por sí solas.
Otra cosa para destacar del lugar, es un hermosísimo salón de fiestas del mismo estilo, construido aparentemente, en la época en que era Intendente el "Villita" Saravia. Excelente lugar para reuniones, exposiciones, etc., con Melo a tiro de piedra (vía catapulta, pero a tiro de piedra al fin...).
De la Posta del Chuy, nos fuimos a Río Branco por la Ruta 26. El viaje es una belleza en sí, porque desde la Posta hasta unos 10 o 15 km. antes de llegar a Río Branco, el paisaje es agreste, quebrado, lleno de cerros, valles, cursos de agua y pequeños montes nativos a uno y otro lado de la ruta. Una zona naturalmente muy ovejera, en la cual actualmente se ven numerosos vacunos.
En deteriminado momento, casi de golpe, se aplanan los cerros y se rellenan los valles, y el viajero pasa de un terreno escarpado y sinuoso, a un plato, donde el camino se vuelve chato y recto. Sería sumamente aburrido, si no fuera porque a poco de entrar en el llano, empiezan a recortarse en el horizonte numerosos silos y galpones, con gran movimiento de tractores y caminones a su alrededor. Los campos dejan de ser escarpados, pero no son totalmente "planos" gracias a los famosos tacuruses, hormigueros de forma cónica característicos de estos campos.
Río Branco no es una gran ciudad, pero está creciendo y el empuje que a su economía le han dado los free shops en los últimos tiempos, se nota. Antes de partir para Lago Merim, compramos algo de comer en una panadería que tiene la marketinera habilidad y la laboriosa virtud de abrir a la hora de la siesta, cuando todos los demás comercios del pueblo están cerrados.
Lago Merim nos decepcionó. No es un balneario feo y las casas y cabañas que hay no están del todo al. Pero esperabamos más. La playa es muy linda, pero para disfrutarla, hay que meterse por alguna de las callecitas que desembocan directamente en la arena, o bien tener una casa con vista a la laguna. Más o menos como esos lugares de California donde las casas están sobre la arena y el turista que se embrome... En fin, pasamos un lindo mediodía haciendo pic-nic bajo un árbol, casi sobre la playa y con vista a la Laguna. Nada de que quejarnos. Pero del balneario como tal, esperabamos mucho más.
Por suerte habíamos programado seguir viaje a La Charqueada para ahorra tiempo al día siguiente. Y para allí partimos luego de dar cuenta de unos sandwiches, refrescos y postre. Creo recordar que... ¡hasta comimos un poco de aquel queso que compramos en Colonia, una semana antes!
De camino a La Charqueada pasamos por Vergara, sin saber que allí se trasladó el museo del "Laucha" Prieto, personaje de la zona que tuvimos el gusto de conocer, al día siguiente, en La Charqueada.
El camino hasta el pago de Eustaquio Sosa es muy lindo. Aunque el paisaje es plano y los campos siguen lleno de tacuruses entre los que pastorea el ganado, se empiezan a ver algunas palmeras y abundan las bandadas de pájaros, principalmente de mirlos y cotorras.
A La Charqueada (Pueblo Gral. Enrique Martínez, para los exquisitos) llegamos relativamente temprano en la tarde. Las cabañitas municipales, son muy sencillas, pero no les falta nada de lo necesario, y el precio de $ 200 el día para dos personas, hace que sea muy recomendable parar en ellas. Estas cabañas si tienen vista a la Rambla , que si bien se reduce a un caminito junto al Río Cebollatí, es tremendamente pintoresca (como todo el pueblo, aclaremos...).
En La Charqueada nos acostamos relativamente temprano, y al día siguiente... bueno, lo cuento en la próxima...

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