viernes, 27 de abril de 2007

EL PENÚLTIMO DÍA...

Después de un opíparo desayuno en el acogedor salón que el Fortín de San Miguel destina a tales efectos, cargamos las valijas, pagamos y partimos, con la firme esperanza de volver. Bajo lluvia, pasamos por el Fuerte de San Miguel, sacamos algunas fotos y nos dirigimos hacia la Ruta 9. Previamente pasamos por el Chuy, hicimos alguna pequeña comprita más, y seguimos viaje.
El mal tiempo, a veces con lluvia torrencial y a veces con una leve garúa, nos acompañó durante todo el camino. Después de pasar por Castillos, cargar Nafta, saludar a Carlos en la misma estación de ANCAP y luego a su mamá, María de Lourdes -viejos amigos de la familia-, tomamos la Ruta 10 en Vuelta del Palmar.
Pasamos por varios balnearios, y entramos en algunos de ellos sólo cuando la lluvia lo permitió. Pasamos por Aguas Dulces, donde hace años pasé en una excursión "a dedo" que hicimos con un compañero del bachillerato, y estuvimos a punto de entrar en Cabo Polonio; gracias a Dios, logré convencer a Magdalena de que era un tanto arriesgado meternos entre las dunas con el Celta, que dista bastante de ser 4x4. Como ella no es la que llegado el caso empuja, a veces no se da cuenta que puede quedar enterrada en la arena...
También entramos Punta Rubia, pero todavía es un balneario en pañales. Prefiero La Pedrera, toda la vida. Debe hacer más de 30 años que no iba allí. Me pareció un balneario estupendo, sin hacer comparaciones para no herir a nadie. Lo cierto es que me dieron muchas ganas de volver en algún momento, aunque sea en invierno. Mejor, incluso, en invierno o primavera, ya que todo es igual de lindo, pero mucho más barato.
Sobre el mediodía llegamos a La Paloma, y fuimos al bungalow que habíamos reservado en el balneario La Aguada. El día parecía invernal, así que fue una verdadera bendición haber reservado un apartamento con estufa a leña y vista al mar.
Ciertamente, el servicio dejó algo que desear porque demoraron en traer la leña y nunca nos trajeron ni un diario para prender el fuego, como habían prometido. Pero con algunas servilletas, un poco de leña seca que Magdalena descubrió en la terraza, unos pocos fósforos y mucha paciencia y soplidos, hicimos arrancar el fuego.
Almorzamos, y mientras Magdalena se tiró en la cama marinea del living, yo me dediqué a mirar algunas películas en el cable, luego claro, de bajar las fotos a la compu.
Así transcurrió la tarde, sin mayor novedad. En determinado momento fui a averiguar los horarios de Misa, para ir allí al día siguiente, pero luego decidimos salir antes del mediodía para Montevideo y cumplir el dulce precepto dominical en la capital.
De noche comimos unas muzzarelas que compramos en La Paloma, y que estaban muy ricas. El balneario, hay que decirlo, estaba "muerto". No había un alma en las calles, y apenas si había algún comercio abierto.

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