viernes, 27 de abril de 2007

DEL LLANO A LA SIERRA

El día noveno de las vacaciones, nos levantamos, y aunque podríamos haber salido antes, salimos de la cabaña municipal con dos objetivos previos a la partida: el primero, comprar unos ceibos blancos para el jardín, y el segundo, pasar a visitar al "Laucha" Prieto, cita ineludible de todo aquel que pasa por La Charqueada.
En medio de una nube de mosquitos, compramos los ceibos y salimos rumbo a la casa de Don Prieto. Nos recibió con una sonrisa que parecería no borrarse nunca de su rostro. Nos estuvo haciendo algunos cuentos de Martín Aquino, nos tocó en la guitarra una melodía titulada "El Potrero", y nos habló de sus seis libros, a la espera de un editor que decida rescatarlos y recuperar así, un pedazo de historia que de otra manera, se irá para siempre.
Después de sacar algunas fotos al puerto y a la importante imagen de la Virgen (en su advocación de María Auxiliadora) que está junto al Puerto La Charqueada, subimos a la balsa, cruzamos el Cebollatí y emprendimos rumbo, primero hacia el pueblo de ese nombre, y después, hacia 18 de Julio y el Fortín de San Miguel, nuestra siguiente parada.
Una vez más, transitamos por caminos rectos en la interminable planicie, cruzandonos con camiones que levantaban sus buenas nubes de polvo. A uno y otro lado del camino, se alternaban las arroceras y los palmares, hasta que, ya cerca de 18 de julio, empezó a divisarse la sierra.
No hay palabras para describir la belleza de El Fortín de San Miguel. Hay que vivirlo, o por lo menos ver las fotos. El lugar en sí, el paisaje que lo rodea, y la atención de todos los que trabajan allí, desde Ramón, el "patrón", hasta el último empleado, es admirable.
Cometimos un error al no pegarnos un baño en la piscina al llegar, o bien después del almuerzo. Debimos haber retrasado nuestro viajecito al Chuy para un momento en que no hubiera sol, ya que volvimos a las seis de la tarde y el sol de abril se va a dormir bastante más temprano que el enero o febrero.
La cuestión es que después de un notable almuerzo en el espectacular restorán del Fortín (nos sentíamos como trasladados como por arte de magia a un castillo inglés, o algo parecido), partimos hacia el Chuy, donde los "turcos" (en realidad son palestinos) están cada vez peor. Cada vez más sinverguenzas con el cambio. Parece que los afectó de veras la suba del Real y la consecuente deserción de los brasileros hacia los Free Shops del lado uruguayo. Siempre fueron bandidos, pero no tanto como ahora... Así que apenas hicimos unas poquitas compras en una casa grande y seria, y pegamos la vuelta.
Al regreso del Chuy tenía tanto calor, que ni bien llegué, me cambié y pasé una hora en la piscina, más o menos, disfrutando el fresco hasta que se puso realmente frío... para estar en el agua, claro.
Después de una buena ducha, me preparé un mate y me dediqué a disfrutar de las instalaciones del hotel mientras Magdalena descansaba en el cuarto hasta la hora de la cena. La noche estaba preciosa, pero nublada, así que no pudimos ver las estrellas con el telescopio de Ramón. Será la próxima... Porque nos quedamos con muchas ganas de volver. Nos acostamos relativamente temprano, me parece recordar que vimos una película en el cable, y nos dormimos.

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